sábado, 25 de febrero de 2012
viernes, 24 de febrero de 2012
Cuántos libros
Soy obsesiva; con determinadas cosas, soy detallista hasta la locura. Y después de mucho dar vueltas, hoy me decidí a armar una base con los libros de mi biblioteca (nombre, autor, ciudad, editorial y año). Tengo muchos, pero ¿cuántos tendré exactamente?
En unos días, cuando haya terminado, les cuento.
En unos días, cuando haya terminado, les cuento.
miércoles, 22 de febrero de 2012
Cosa de dos
Así recuerdo a mis abuelos: los dos sentados a la mesa de la cocina al caer la tarde, charlando a media voz, pasándose el mate. Mi abuela Vicenta era la cebadora de la familia. Los domingos, cuando íbamos de visita, la cocina se hacía chiquita y la ronda empezaba, pero Vice (así la llamaba mi abuelo Alberto) siempre se las rebuscaba para cebarse dos o tres mates juntos sin que nadie lo notara. Cuando mi abuelo murió, dejó de cebar. Con él se habían ido las tardes y las charlas. ¿Para qué acentuar la soledad? Ella sabía que los años y la costumbre le iban hacer estirar el brazo hacia un lugar vacío.
Supongo que de ella aprendí a tomar mate en compañía y al caer la tarde. Cuando mi pareja se mudó a mi departamento, los días eran largos. Corría diciembre. Un día después del trabajo, sin planificarlo, nos sentamos en el balcón a mirar el pulmón verde de la cuadra, el limonero del edificio de al lado, la ropa colgada en los balcones, las palomas de acá para allá. «¿No te hacés un mate?», me preguntó Sergio. De ahí en más, las tardes fueron como las de mis abuelos. La luz bajaba y la noche nos encontraba charlando de mil cosas, imaginando nuestro año, compartiendo secretos, opinando sobre política. El mate es eso: intimidad. Algo sucede entre mate y mate, algo que une más que mil sogas. Y mi abuela lo sabía. Ahora yo, también.
28 de junio de 2007
lunes, 13 de febrero de 2012
La necopia
En mi familia, la medicina sale de cuando en cuando en las conversaciones. Tenemos casos de hipocondríacos acérrimos, mi prima es médica especialista en medicina familiar, la hija de mi marido está en los últimos años de la carrera y el resto somos pacientes bastante perfectos, que nos hacemos controles, comemos sin fritos y sin sal y vamos al dentista una vez al año.
No es de extrañar que en el sueño de anoche la conversación versara sobre diferentes tipos de operaciones.
—Esa operación es brava.
—¿Cuál?
—La de cabeza.
—¿Y cómo es? ¿Qué te hacen?
—Cuando te enamorás perdidamente, te sacan la cabeza a la altura del cuello y te ponen otra. «Necopia» se llama.
—¡Ah! ¡Qué dolor!
—Sí. Sentís mucho dolor de cabeza después y no sabés por qué; tus recuerdos no son los mismos, pero al menos no sufrís por amor.
Hoy me desperté y busqué la palabra en el diccionario. No existe. Menos mal.
No es de extrañar que en el sueño de anoche la conversación versara sobre diferentes tipos de operaciones.
—Esa operación es brava.
—¿Cuál?
—La de cabeza.
—¿Y cómo es? ¿Qué te hacen?
—Cuando te enamorás perdidamente, te sacan la cabeza a la altura del cuello y te ponen otra. «Necopia» se llama.
—¡Ah! ¡Qué dolor!
—Sí. Sentís mucho dolor de cabeza después y no sabés por qué; tus recuerdos no son los mismos, pero al menos no sufrís por amor.
Hoy me desperté y busqué la palabra en el diccionario. No existe. Menos mal.
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Verónica Ruscio
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viernes, 10 de febrero de 2012
Palabras al viento
Una pequeña anotación para invitarlos a visitar el blog Palabras al viento,
que Sandra Dagostino, una de mis alumnas de taller, abrió a fines del año pasado. Dagostino es una poeta de excelente técnica. Sus textos, breves por lo general, son sumamente visuales y sensuales. Si quieren, pasen a visitarla.
«Las palabras no se las lleva el viento. Las transporta. Cruza todas las fronteras para que en su susurro bese tus oídos».
Sandra Dagostino
«Las palabras no se las lleva el viento. Las transporta. Cruza todas las fronteras para que en su susurro bese tus oídos».
Sandra Dagostino
jueves, 9 de febrero de 2012
El vals de la muerte y un adiós
Ayer a la mañana escuché esta canción (que lleva a la muerte en el título pero que es un verdadero canto a las pequeñas cosas bellas de la vida). A la tarde, me enteré de la muerte de Luis Alberto Spinetta.
¡Rían, tosan! No lloren mares: ¡vayan a nadar!
¡Cómprense unos patines y anden por los jardines!
Uf, Flaco, adiós. Pero tu poesía siempre viva. Siempre. Acá conmigo.
¡Rían, tosan! No lloren mares: ¡vayan a nadar!
¡Cómprense unos patines y anden por los jardines!
Uf, Flaco, adiós. Pero tu poesía siempre viva. Siempre. Acá conmigo.
martes, 7 de febrero de 2012
Al-Buhturi: El viento de la tempestad
Con la punta de sus dedos rosados,
ella ha saludado;
una mirada
ha llenado de esperanza
el corazón sensible.
Visita inesperada
y rápida;
el rocalloso suelo
de la tristeza
a su llegada, de pronto,
se ha cubierto de bálsamo.
El perfume tejía
sus encajes en ella;
y sus joyas tintineaban
alegremente
como los pasos
de un vigilante de guardia.
Nunca olvidaré
nuestra noche
en un largo abrazo
cuando el raudo viento
del deseo
mezclaba unas con otras
las ramas flexibles.
Encima de nosotros
la tempestad soltaba
sus ráfagas
que a veces azotaban los cuerpos
y a veces los acunaban en su aliento.
Traducción: H. C. Lips.
ella ha saludado;
una mirada
ha llenado de esperanza
el corazón sensible.
Visita inesperada
y rápida;
el rocalloso suelo
de la tristeza
a su llegada, de pronto,
se ha cubierto de bálsamo.
El perfume tejía
sus encajes en ella;
y sus joyas tintineaban
alegremente
como los pasos
de un vigilante de guardia.
Nunca olvidaré
nuestra noche
en un largo abrazo
cuando el raudo viento
del deseo
mezclaba unas con otras
las ramas flexibles.
Encima de nosotros
la tempestad soltaba
sus ráfagas
que a veces azotaban los cuerpos
y a veces los acunaban en su aliento.
Traducción: H. C. Lips.
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Al-Buhturi
lunes, 6 de febrero de 2012
Guillén para salvar la vida
Hace un par de noches soñé que ocurría una catástrofe y que el secreto para frenar la destrucción del mundo y, claro, mi propia muerte era recitar a Nicolás Guillén (nada más lejos de Hollywood, ya lo sé).
En el sueño, recordaba un cuadernito de hojas blancas, con anillado negro, en el que tenía anotados de puño y letra poemas propios y de otros autores (que existe en la vida real). Allí tenía el maravilloso poema Pas de téléphone, de Guillén y yo necesitaba encontrarlo y leerlo porque solo recordaba fragmentos y el mundo no se salvaba con versos, sino con todo el poema. El cuaderno nunca aparecía. Desperté con gran angustia, con un verso de Guillén anudado en la garganta.
Hoy recordé el sueño y decidí contárselo. Como solo recuerdo fragmentos del poema, me puse a buscar el cuadernito. Busqué en mi mesa de luz, pero nada. Busqué en mis cajones... Nada. ¿Entre mis papeles? Nada.
El cuadernito había quedado en mi biblioteca, entre libros, casi oculto. Lo hojeé hasta llegar al poema, que, por supuesto, recité. Tal vez no lo sepan, pero el mundo peligró por un rato. Nos salvamos gracias a Guillén.
En el sueño, recordaba un cuadernito de hojas blancas, con anillado negro, en el que tenía anotados de puño y letra poemas propios y de otros autores (que existe en la vida real). Allí tenía el maravilloso poema Pas de téléphone, de Guillén y yo necesitaba encontrarlo y leerlo porque solo recordaba fragmentos y el mundo no se salvaba con versos, sino con todo el poema. El cuaderno nunca aparecía. Desperté con gran angustia, con un verso de Guillén anudado en la garganta.
Hoy recordé el sueño y decidí contárselo. Como solo recuerdo fragmentos del poema, me puse a buscar el cuadernito. Busqué en mi mesa de luz, pero nada. Busqué en mis cajones... Nada. ¿Entre mis papeles? Nada.
El cuadernito había quedado en mi biblioteca, entre libros, casi oculto. Lo hojeé hasta llegar al poema, que, por supuesto, recité. Tal vez no lo sepan, pero el mundo peligró por un rato. Nos salvamos gracias a Guillén.
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viernes, 3 de febrero de 2012
Souvenirs
Me traje una piedra de ese lago
un caracol del viejo mar
una pluma de aquel parque.
No debía, pero sencillamente
amaba la mujer que era entonces.
No temía a nada.
No tenía fronteras.
No tenía apuro.
Ahora, de regreso,
piedra, caracol y pluma
son recuerdos
nada más
en el estante de un mueble.
un caracol del viejo mar
una pluma de aquel parque.
No debía, pero sencillamente
amaba la mujer que era entonces.
No temía a nada.
No tenía fronteras.
No tenía apuro.
Ahora, de regreso,
piedra, caracol y pluma
son recuerdos
nada más
en el estante de un mueble.
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